Poco tiempo transcurrió desde que un anónimo puño y el insigne rostro del presidente del gobierno se unieran en un descomunal impacto, hasta que empezaron a alzarse las primeras y esperadas voces de repulsa. Con el magullado rostro de Mariano Rajoy aun caliente, todos los actores públicos y muchos privados desfilaron raudos a mostrar su condena de la agresión, mientras miraban con desprecio a quienes se burlaban o alegraban de la misma. La conclusión de la democracia española era unánime: La violencia es intolerable.
17.12.15
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