17.12.15

Violencia intolerable

Poco tiempo transcurrió desde que un anónimo puño y el insigne rostro del presidente del gobierno se unieran en un descomunal impacto, hasta que empezaron a alzarse las primeras y esperadas voces de repulsa. Con el magullado rostro de Mariano Rajoy aun caliente, todos los actores públicos y muchos privados desfilaron raudos a mostrar su condena de la agresión, mientras miraban con desprecio a quienes se burlaban o alegraban de la misma. La conclusión de la democracia española era unánime: La violencia es intolerable.

Pero lo cierto es que la mayoría de los que hacían dicha afirmación, con honrosas excepciones, no creen realmente en ella. Se trata de firmes defensores del estado de derecho y, como tales, han aceptado entregarle el monopolio de la violencia al mismo para que este haga uso de ella con el fin de mantener el status quo. El poder siempre utiliza la violencia como herramienta de coacción y jerarquización y en un estado requiere de la legitimación de los que hoy la consideran intolerable.

Las voces de los demócratas no se escuchan tan altas y unánimes cuando un detenido sufre torturas, a alguien le dejan tuerto en una manifestación o se bombardea en un país lejano. En ese momento los adjetivos como "descerebrado", "gentuza" o "despreciable" no salen de sus bocas cual concurso de grandes valores. Entra dentro de la normalidad ejercer la violencia sobre los manifestantes, detenidos o extranjeros, pero no sobre el presidente de un país autodenominado democrático.

Por otro lado estamos los que consideramos que la violencia si es tolerable cuando la usa un pueblo contra los gobernantes que lo oprimen, como derecho de defensa ante la violencia estructural que tenemos que soportar las clases trabajadoras de manera continua. Pero para que un puñetazo al poder resulte útil, este debe estar secundado por millones. Una cantidad de ciudadanos tan notable que el mero acto de colocarse para lanzar el crochet haga innecesario ningún impacto. La fuerza de dicha violencia no está en el propio acto, sino en la cantidad de gente dispuesta a legitimarlo.

Obviamente el ataque del descerebrado a Rajoy no es un acto revolucionario, ni razonado ni con el mínimo atisbo de inteligencia. Tenemos a un chaval sin nadie al volante pretendiendo reafirmase y lograr notoriedad de la manera más cafre que se le paso por la cabeza. Un acto completamente injustificable por lo estúpido, gratuito e inútil del mismo. Un acto de violencia intolerable.

   

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