Recuerdo como en cuando no era más que un infante, no faltaba el compañero de clase que me venía con una preguntita que me tocaba especialmente las narices: ¿De qué equipo eres? A priori parece de lo más inocente, pero el desarrollo posterior derivaba inevitablemente en enfado. Primero porque mi respuesta habitual era decir mi equipo de baloncesto cuando obviamente se referían al odiosamente llamado deporte rey (iluso de mí). Una vez aclarado este punto, mi posterior respuesta seguía sin satisfacer a mi interlocutor, que me concretaba siempre: “Ya, bueno, pero… ¿del Barça o del Madrid? Es decir, no se contemplaba la posibilidad de que me gustara otro equipo y que los dos grandes monstruos futboleros me parecieran la misma mierda, estaba obligado a elegir uno. Sin saberlo, ese compañero de clase me mostraba como funciona este país.
Seguro que esta anécdota no le es ajena a ninguno de mis lectores que sino en esta misma cuestión, habrán sufrido la presión por tener que elegir entre dos elementos que a priori no deberían ser antagonistas; ya sean papá y mamá o Batman y Superman. Las medias tintas no parecen tener cabida en una sociedad en la que estás obligado a elegir bando y en la que en caso de no hacerlo, ya se ocupará otro de ubicarte. Todos sabemos que los que critican al PSOE son del PP, si te metes con Intereconomía apoyas a La Sexta y que si no te gustan las “locas” eres un homófobo. Las opiniones no son matizables, ni se contempla la posibilidad de estar en desacuerdo con alguien a quien apoyas. O conmigo o contra mí.
El origen de todo esto es lo arraigado que está en la mente española la negación del error propio, la imposibilidad de aceptar que estas equivocado o de ceder en uno sólo de tus argumentos. De este modo, en caso de iniciar una discusión (que es la forma divertida de tener un debate) notarás como tu opinión se va radicalizando conforme te llevan la contraria, pasando de una posición tibia a una defensa exacerbada. Alguien con ideas moderadas puede acabar convirtiéndose en un bolchevique en caso de discutir con un reaccionario, posición que ya deberás mantener aunque tú mismo te des cuenta de lo radical de la misma a fin de que nadie piense que has perdido la discusión. Ni que decir cuando se juntan varios de la misma opinión, que son capaces de pasar de un “el entrenador se equivocó con tal cambio” a un “Hay que echar a este puto inútil” en lo que duran de un par de cervezas.
Con esta mentalidad, no es extraño ver como los que sacan tajada de estos, véase partidos políticos o medios de comunicación, se dediquen a arengarlos de manera descarada y completamente interesada. Tenemos que admitir nuestro error poniéndoselo tan fácil, e incluso demandándolo en algunos casos, para poder sentir así como nuestra postura es la correcta alimentando nuestro ego (“ves como tengo razón, El Pais opina lo mismo”) y dándonos la satisfacción que ofrece sentirte poseedor de la verdad. Al final, queremos tener un mundo en blanco o negro y es lo que recibimos, cuando nuestra única y remota posibilidad de progreso se encuentra en los grises.

Como igual de indignante es todo lo que se ha escrito/hablado/oído acerca de las "polémicas arbitrales" en los clásicos de abril.
ResponderEliminarEl trato a otros equipos hubiera sido mínimo tirando a nulo y tan fallo es uno a los grandes como a uno de los pequeños con la pequeña gran diferencia de que los grandes jamás se pueden quejar de lo que supuestamente les pitan mal porque en otros partidos lo compensarán, cosa que los equipos pequeños tienen que luchar porque saben que a ellos no los van a compensar tan a la ligera.
Y todo ello con un apoyo menor desde los medios naciones, sólo el apoyo de los medios locales pero que no llegan con la fuerza suficiente a los medios poderosos.
Y esto es válido para cualquier deporte: fútbol, basket, balonmano...