Jaén vive una pequeña batalla. Por un lado tenemos a un vecino que, como yo, estaba y sigue estando hasta los huevos del sonido de las campanas de la catedral. Por otro el ayuntamiento, la iglesia y los parroquianos que piensan que, debido a su superioridad moral, la catedral está por encima de la ley.
La historia comienza con un pequeño gran héroe de nuestro tiempo, un Indignado al fin y al cabo, que un día decidió dar un paso al frente para cambiar las cosas. De este modo, Antonio Rus (menciono su nombre porque gente así debería ser recordada) empezó a denunciar a la catedral por contaminación acústica en 1999. Ya entonces la Patrulla Verde de la policía local comprobó que efectivamente el nivel de ruidos era intolerable, pero ayuntamiento no consideró las pruebas suficientes para tomar medida alguna; al fin y al cabo se estaban enfrentando a un “poder superior”.
Es por esto que nuestro incansable héroe tuvo que insistir hasta conseguir que el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía en 2007 condenara al Ayuntamiento a tomar cartas en el asunto. Debido al “lógico” retraso de más de un año por la ausencia de sonómetros (sic), no fue hasta finales del 2008 cuando se realizó la medición en la que se confirmaba lo detectado 9 años antes. Teniendo en cuenta que la duración de la medición puede costar aproximadamente 10 segundos y que un sonómetro no es precisamente un acelerador de partículas, 1 año me parece un plazo un pelín excesivo. Pero bueno, sigamos con la sucesión de acontecimientos.
A raíz de esto, al Ayuntamiento no le quedó más remedio que solicitar al cabildo que se tomasen medidas al respecto en el plazo de un mes, con lo que la victoria parecía un poco más cerca. Nada más lejos de la realidad. Es en este momento, al llegar el caso a la opinión pública, cuando comienza una campaña de recogida de firmas entre los borregos de las diferentes parroquias a fin de pasarse por el arco del triunfo la decisión del ayuntamiento. Todo esto genera un clima de hostilidad en torno a Antonio (permíteme que te tuteé desde la admiración) que hace su vida muy complicada mientras desde la administración siguen sin hacer nada al respecto de la contaminación acústica provocada por el templo (aunque lo niegan, a mi me suena a “ganar tiempo”).
A día de hoy tenemos a un pobre ciudadano que lleva 10 años peleando porque se cumpla la ley sin conseguir más que zancadillas del ayuntamiento, iglesia y sus parroquianos. Me resulta indignante, diría que incendiario, que tengamos que seguir aguantando una llamada a misa en una época en la que claramente está obsoleta (no dudo de su valor cuando nadie tenía reloj) y que sea con el beneplácito de la administración y un montón de personas que no dudan ser consecuentes con su fe insultando a alguien por la calle. 10 años y seguimos a la espera de que se tome alguna medida; me gustaría saber cuánto tardarían en cerrarla si fuera una discoteca.
Desde aquí mi apoyo a Antonio y a todos aquellos que han dado un paso por la mejora de nuestra vida. Espero que gane esta batalla, será un pequeño triunfo de la Indignación.

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