Tras los incidentes ocurridos durante la protesta convocada por el movimiento 15M en las puertas del parlament catalán el pasado día 15 de junio, medios y políticos se han puesto rápidamente de acuerdo en un grito unánime de protesta y repulsa contra la violencia de los llamados indignados. Parece claro que el miércoles se atacó a la democracia de una manera intolerable que automáticamente deslegitima las peticiones de este grupo de antisistema (esta va camino de ser mi palabra favorita) que quieren imponer y coaccionar a los representantes del pueblo elegidos libremente por sus votantes. Miles de manos contactaron con sus respectivas cabezas el miércoles mientras la ciudadanía de bien se desvinculaba de ese movimiento que “al principio me parecía bien hasta que…”, al ver las bochornosas imágenes de una persona con su gabardina pintada de spray. De este modo, durante un día “violencia” fue la palabra clave en este país.
Violencia de la que curiosamente, los únicos beneficiados fueron los que la recibieron. Consiguieron que no se hablara de los brutales recortes que empeorarán, aun más, la calidad de vida de millones de personas para centrar toda la atención en esa masa, ese gentío irracional que demostraba ser un peligro para el sistema. Tras semanas intentando restar credibilidad (cualquier abogado de peli americana te dirá que sin esta da igual los sensato de su discurso, nadie lo creerá) a los ciudadano llamándolos perroflautas, hablando de su aspecto o de sus hábitos, calificándolos de antisistema o intentando relacionarlo con ETA, de un plumazo aparece una palabra capaz de restar adeptos de forma exponencial: violentos.
Es por esto que resulta sospechoso ver como el dispositivo policial fue menor del necesario, o como sólo escoltaron hasta el parlament a determinados políticos, o como se hizo uso de un helicóptero cuando muchos habían conseguido llegar en lechera. Porque si quien para limpiar una plaza manda una fuerza policial hace semejante chapuza en vistas de una situación como está me quedan dos opciones: O Felip Puig es un completo incompetente o no le preocupaba demasiado que ocurriera lo que ocurrió. Notesé que estoy evitando culpar a los mossos infiltrados de provocar los incidentes, por muy sospechosa que sea la reacción del resto de manifestantes señalándolos, por muy curioso que sea que entre todas las estéticas que se ven en el movimiento hayan elegido la de cara tapada y palestino, o por mucho que se les haya pillado caldeando ambientes en otras ocasiones. Yo no les he visto hacerlo y por lo tanto no me creo que lo hayan hecho.
Queda claro entonces que los protagonistas de los incidentes fueron los indignados. Al menos así quedo claro para políticos y medios, que no dudaron en localizar perfectamente y sin ningún género de dudas que dichos personajes violentos pertenecían al movimiento 15M. Fue un juicio rápido, sin necesidad de presentar pruebas o de hacer valoraciones. Daban igual los comunicados que vinieran de este movimiento condenando la violencia, daba igual que hubiera personas intentando contener a los más agresivos, daba igual. Ya habían sido localizadas las personas e indudablemente pertenecían al movimiento aunque no encajarán con sus principios de no violencia. Varias semanas de movilizaciones, asambleas, acampadas y manifestaciones totalmente pacíficas no eran prueba suficiente frente a unos minutos de ira. Todo quedaba claro mientras la violencia tapaba todo atisbo de duda.
Y mientras el gobierno y sus voceros llenaban portadas y minutos en los medios con esa palabra, absolutamente escandalizados por el ataque a la democracia, se realizaban otros actos de violencia menos publicitados. Porque tipos de violencia hay muchos, y puede ser explicita como empujar a una persona, pintarle con spray o molerlo a porrazos cuando está en el suelo. Pero también existe la violencia implícita, como que un millonario banquero esté evadiendo impuestos, que los dirigentes de las entidades bancarias que se salvan con dinero público hayan aumentando un 36% su sueldo mientras afirman que no sirve de nada buscar culpables, que el banco de España inste a subir los impuestos mientras critica las subidas salariales, o que la primera medida tomada por unos ediles sea subirse el sueldo. Esta violencia contra la ciudadanía, estas agresiones a quien no tiene trabajo o que se desloma por conseguir 700 euros no suponen ningún escándalo, ni se descalifican de manera unánime en la prensa o en los plenos. En un país en el que cada vez existe más gente por debajo del umbral de la pobreza, en el que las diferencias entre ricos y pobres son cada vez mayores y en el que por acampar en una plaza para defender tus ideas puedes acabar con el pulmón perforado, que las alarmas salten cuando a una señora le pintan su gabardina con spray me parece preocupante.
No podemos perder de vista, que la capacidad de las personas para soportar violencia es limitada y que hasta la más pacífica de estas tiene un límite que no se puede sobrepasar. Miedo da pensar cuando el vaso se desborde, cuando se den verdaderos movimientos violentos en los que la policía infiltrada salga con lesiones serias o donde un político corra riesgo de ser linchado. Cuando la violencia de verdad tome las calles porque la población no tenga como alimentar a sus hijos o donde dormir. En ese momento los calificativos adecuados “kale borroka de violencia extrema” dejarán de sonar a cachondeo y se lamentará no haber hecho caso a los "violentos" indignados.

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