15.10.11

Meritokrazia

Uno de los grandes logros del sistema es hacernos creer que la situación que vivimos es culpa nuestra. Hemos llegado a creernos que en el capitalismo, el que más trabaja es el que más lejos llega ya que a la gente se la valora desde la productividad. De este modo, si no tenemos una mejor situación es porque no trabajamos lo suficiente, o porque no estudiamos lo suficiente en su día, porque fuimos tontos creyendo que podíamos pagar un piso o porque no somos rentables. Creemos vivir en una meritocracia en la que cada uno tiene lo que se merece, despreciando a los que no tienen tanto como nosotros y envidiando a los que tienen más. Pero lo cierto es que se trata sólo de un engaño, un placebo para que no nos centremos en los verdaderos problemas estructurales de esta sociedad y los responsables se vayan, una vez más, de rositas.


Si analizamos la lista forbes de españa del 2010, que indica las personas más ricas del país, deberíamos tener a las personas que a su vez más y mejor han trabajado. Sin embargo, la realidad nos dice que entre los trece primeros, tenemos seis herederos de grandes fortunas, tres casad@s con gente de la misma lista, un miembro de familia bien que empezó haciendo contactos con el franquismo y solamente tres personas que han conseguido su fortuna desde la nada. Esto es, sólo tres de las trece personas más ricas de España han conseguido su patrimonio desde el trabajo. Pero la cosa no acaba aquí, porque podemos profundizar en las formas de ese trabajo.
En el puesto 10 tenemos a Enrique Bañuelos, empresario valenciano que se hizo rico mediante una inmobiliaria. Aun si obviamos el hecho de que es el propio boom del ladrillo que nos tiene como nos tiene el que le sirvió para enriquecerse, si indagamos no es difícil descubrir que hay algo más. Bañuelos consiguió una gran parte de su fortuna vendiendo acciones de su empresa por encima de su valor “real” inflando de manera ficticia la burbuja inmobiliaria. Su posterior y previsible caída en picado, arrastro al mercado inmobiliario colaborando de manera importante a la explosión de la burbuja. Todo un generador de riqueza, vamos.

Los otros dos ricos hechos a sí mismo son Isak Andic y Amancio Ortega, fundadores de Mango e Inditex respectivamente. El primero, si bien sólo se ha hecho famoso por proponer desde su trono medidas de recorte a los trabajadores, quizás debería tener más relevancia por asuntos mucho más serios como las condiciones de las mujeres que hacen los pantalones que vende. El segundo, manido ejemplo de los defensores de la meritocracia, dirigió durante años una empresa en la que tras despedir al responsable de vigilar las condiciones laborales de su contratas por diferencias con la directiva, se ha encontrado con denuncias por esclavitud, despidos improcedentes o plagios. Todo sea porque el bueno de Amancio se merece ganar 600 millones a diferencia de sus trabajadores que son una panda de vagos.

Creo que queda medianante claro que la manera de prosperar en esta sociedad es o nacer ya prospero, o casarte con un prospero, o tener el “merito” de entender el sistema hasta el punto de ser capaz de explotarlo hasta la saciedad. El trabajo sirve para mantenerte tu estatus (a veces ni eso) y no para romper la impermeabilidad social que pregona el capitalismo. Porque si bien en los cien metros lisos de la vida todos somos capaces de correr y en el sprint se puede notar tu capacidad de esfuerzo, eso no es suficiente mientras alguien empiece varios metros por delante o directamente en la meta. Una sociedad no puede estar basada en el merito mientras no se parta de una situación de igualdad social y económica de todos sus miembros.

En este caso si toca mirarse al espejo y preguntarse cuanta responsabilidad tiene cada uno. ¿Cuantos de nosotros nos hemos burlado de trabajos de menos prestigio social? ¿cuantos hemos despreciado el trabajo de los funcionarios? O ¿cuantos hemos pensado que el que no trabaja es porque no quiere? Juzgar a alguien, sin entender su punto de partida o las situaciones que ha vivido a lo largo de su vida, resulta completamente injusto y de dudosa moralidad. Por desgracia, es una injusticia en la que caemos a diario. Nuestro ego nos induce a pensar que lo que tenemos es merecido, que trabajamos más que los demás o que tomamos mejores decisiones sin tener la más mínima empatía por la situación de los demás. Mientras así sea, seguiremos siendo títeres en manos de los verdaderos beneficiados por lo innegablemente injusto de este sistema.

1 comentario :

  1. Muy buen articulo , estoy de acuerdo al 100%, sobre todo de la reflexión final: mientras que en cada uno de nosotros no haya un cambio de conciencia real, seguiremos pensando y actuando como nos han enseñado a hacerlo, y el mundo seguirá igual.

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