Como asiduo lector de retrete de suplementos semanales, no deja de indignarme la impresionante frecuencia con la que aparece la hipocresía en la casilla de “no me gusta” de las entrevistas. Se trata de, posiblemente, la herramienta social más despreciada por la mayoría moral, los ciudadanos de bien e incluso por los propios hipócritas. Curiosamente este odio se ve acrecentado en las fechas navideñas por unos cada vez más numerosos moralistas, que procuran dejar bien claro continuamente lo conscientes que son del engaño que suponen estas fiestas. Que falsos son todos en navidad..menos yo, que molo tanto que no me lo trago. Porque por todos es sabido que los hipócritas son los demás y si acaso yo caigo tan bajo como para serlo, la culpa es de la sociedad que me obliga.
De este modo, no pasará mucho tiempo sin que encuentres a alguien que se jacte de “decir las cosas a la cara”, “ser directo” o “no tener pelos en la lengua”. Vamos, lo que viene siendo un puto borde y un maleducado. La hipocresía, las falsas sonrisas y el morderse la lengua se antojan herramientas indispensables para la felicidad propia y ajena. No nos hace falta saber que el compañero de la infancia se ha dado cuenta de lo que hemos engordado, ni que al vecino le sacan de quicio tus sonidos de fornicio, ni que al hermano de tu mujer le pareces un bocazas presuntuoso. Somos felices en nuestra ignorancia, ajenos al desprecio que nuestras vergüenzas despiertan en el resto y sabiendo que los que nos rodean nos aman y admiran del mismo modo que ellos se saben amados y admirados por uno mismo.
Porque no podemos olvidar que creer es saber. Si yo creo que a alguien le caigo bien, es algo que sé a ciencia cierta hasta que su incapacidad para la hipocresía destruya mi realidad. Al final, el mundo que nos rodea no es más que una construcción que realizamos en base a nuestras percepciones, pudiendo ser este completamente distinto dependiendo la habilidad propia y ajena para disimular nuestros verdaderos sentimientos. Alguien rodeado de mentiras, puede ser inmensamente feliz durante toda su vida mientras que la consciencia real del mundo que nos rodea nos puede hacer tremendamente infelices.
Hagamos sino un ejercicio de imaginación y pensemos como sería un día lleno de sinceridad, un día diciéndonos las cosas a la cara, un día sin hipocresía. Pensemos en que nuestra pareja nos cuenta que se aburre en la cama con nosotros y por eso ha decidido follarse a su profesor de gimnasia, en que el vendedor de nuestra tienda de (póngase aquí su hobbie favorito) nos dice que no tenemos ni puta idea del tema en cuestión, que nuestro camarero de confianza nos aclara que somos unos plastas cuando estamos borrachos. Podemos pensar en cómo reaccionaría tu jefe cuando le expliques que es un jodido explotador por no pagar las horas extras o lo que dirían tus clientes cuando a su enésima consulta les dijeses que no estás ahí para hacer asesorías gratuitas. Imaginemos como le sentaría a tu abuela saber que no vas a estar mucho con ella porque sus batallitas son una pesadez o a tus suegros que no les invitas nunca a comer porque sus temas de conversación son tediosos. Incluso podemos hacernos una idea de cómo puede ser un día no ya con malas palabras, con desprecios o con vacios, sino simplemente un día en el que toda la gente a la que molestas o incomodas te mire mal.
Porque no nos engañemos, las verdades no duelen a la espalda, las mentiras no nos hieren, la ignorancia no nos entristece, es cuando la realidad te golpea en la en la cara cuando llegan los disgustos. En un mundo en el que el hedonismo es la única actitud provechosa, la hipocresía se antoja indispensable para mantener la cordura y la felicidad. Sed hipócritas, procurad serlo de manera eficiente para que nunca descubran vuestras mentiras y haced felices a los que os rodean. Al fin y al cabo, me importa una mierda que finjas los orgasmos siempre que los finjas con pasión y credibilidad.

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