3.12.14

Crédulos

Tenemos tendencia a creernos lo que nos cuentan las personas en las que confiamos; es obvio. Durante siglos sacerdotes, chamanes, magos, curanderos, políticos y demás charlatanes han utilizado este simple hecho para manipular a las personas en su propio beneficio y, aunque pueda parecer que el nivel de conocimientos que tenemos hoy día nos protege de caer en engaños, seguimos siendo tan crédulos como nuestros antepasados. Millones de personas siguen creyendo que hemos sido creados por un ser inteligente y omnipotente, otros rebotan las cadenas de whassap o usan ultrasonidos para espantar a los mosquitos; por no hablar de los que acuden a herbolarios u homeópatas para tratar su salud. Es difícil estar completamente libre de creencias sin base.

El motivo de esto parece apuntar a cuestiones evolutivas. Al fin y al cabo, descendemos de un homínido que tenía que vérselas con innumerables peligros en su día a día. Los individuos que ante un arbusto que se mueve llegaban a la conclusión de que existía un depredador y salían huyendo, existiera realmente ese depredador o no, tenían más posibilidades de sobrevivir que los descreídos que lo achacaban al viento. De este modo, está selección nos fue dotando poco a poco de una enorme capacidad para ver patrones incluso en los casos en los que no los hay (como cualquiera puede comprobar con las innumerables fotos que presentan en Cuarto Milenio dudando de si se trata de fantasmas). Esta búsqueda de patrones se incrementa cuanto menos control tenemos sobre una situación (que habitualmente es cuando menos entendemos lo que sucede), tendiendo a buscar agentes causantes de la misma con el fin de hacerla más entendible. Nos sentimos más cómodos si un suceso que supera nuestra comprensión lo ha realizado el Monesvol, la CIA o el depredador que está en el arbusto.
Pareidolia

Por otro lado, dicha propensión a la pareidolia se une a la capacidad de nuestra especie al pensamiento divergente, que nos permite la búsqueda de asociaciones novedosas e inusuales entre conceptos. Esta capacidad nos ha permitido adaptarnos al entorno, innovar y descubrir grandes incógnitas pero al mismo tiempo nos genera un atractivo hacia lo desconocido y el misterio que, unido a la satisfacción del descubrimiento nos convierte en presa fácil de la conspiranoia.

A todo esto hay que añadir la ventaja evolutiva de la cría obediente capaz de creer a su progenitor, líder del clan o chamán cuando le dice que si salta en un río embravecido seguramente no salga, frente a las desobedientes. Los niños están programados para ser crédulos y confiar en lo que les dicen las figuras de autoridad, lo que nos facilita el aprendizaje y nos permite integrarnos rápidamente en la sociedad. Pero esta facilidad para la absorción de conocimientos dificulta del mismo modo la capacidad para filtrar la información dañina, por lo que si es mal encauzada no enseñando de manera correcta a diferenciar la realidad de la ficción, tendremos adultos con dificultades para hacerlo.

Ante esta predisposición natural hacía la credulidad disponemos de algunas herramientas para prevenirlo como son el escepticismo, el pensamiento crítico y el método científico. Pero si bien la credulidad es lo natural, el escepticismo sería lo antinatural; lo engorroso frente a lo cómodo de creer.  Como dice Michael Shermer, "la creencia es la opción por defecto". Aceptar por bueno lo que nos dicen supone mucho menos esfuerzo que investigar, pelear con nuestros sesgos y pensar, pero se trata de un esfuerzo que merece la pena si queremos seguir avanzando tecnológica y científicamente como sociedad. No creo que ninguno de nosotros muera porque un depredador salte sobre él desde un arbusto, así que podemos ir pensando que en realidad se trata del viento.

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