Jaén vive una pequeña batalla. Por un lado tenemos a un vecino que, como yo, estaba y sigue estando hasta los huevos del sonido de las campanas de la catedral. Por otro el ayuntamiento, la iglesia y los parroquianos que piensan que, debido a su superioridad moral, la catedral está por encima de la ley.
La historia comienza con un pequeño gran héroe de nuestro tiempo, un Indignado al fin y al cabo, que un día decidió dar un paso al frente para cambiar las cosas. De este modo, Antonio Rus (menciono su nombre porque gente así debería ser recordada) empezó a denunciar a la catedral por contaminación acústica en 1999. Ya entonces la Patrulla Verde de la policía local comprobó que efectivamente el nivel de ruidos era intolerable, pero ayuntamiento no consideró las pruebas suficientes para tomar medida alguna; al fin y al cabo se estaban enfrentando a un “poder superior”.